sábado, 21 de julio de 2012

Sueños de Soledad

Título: Sueños de Soledad
Categoría: General
Nota: ¿Esto podría contar como fanfic?


Siempre soñó con visitar Macondo, el centenario pueblo promovido por la nostalgia y las fiestas, el olvido y las enfermizas tristezas que lo asolaban; al lado del río, en un pantano no tan lejano del mar.
Lo cumplió. Partió con un vestido blanco de seda con cintas de raso cobre, con unos zapatos de charol y las dulces ondas de su cabello pardo moviéndose suavemente a causa del viento que ingresaba por la ventana del tren que anunciaba su llegada a la estación.
Descendió con una sonrisa y extendió los brazos, recibiendo el calor abrazante del sol a la hora de la siesta. Alguien la chocó, ella lo miró a los ojos y el extraño susurró «Eran más de tres mil personas… y las tiraron al mar… tres mil trabajadores…» y continuó su camino errante.
Ella caminó a través de la Calle de los Turcos, viendo pasar a la ferviente población víctima de las moradas ojeras producto del insomnio. Deambulando se encontró con un parco hombre al que todos en la calle llamaban coronel y que a su paso caían pescaditos de oro con ojos de rubíes que, al tocarlos, se disolvían. Otro hombre parecido proclamaba la maravilla de la alquimia y el hielo, la astronomía y el daguerrotipo.
Le llamó la atención una mansión blanca con sus puertas y ventanas abiertas de par en par desde donde provenía la voz desvariada de una mujer hablando sobre incesto, colas de cerdo y animalitos de caramelo.
Rechazó la invitación a una parranda que prometía ser de varios días; y regresó en sus pasos para volver a encontrar la misma mansión completamente cerrada y a una mujer que con un rencor impresionante la confundió con una tal Rebeca. Al darse cuenta de su error, la mujer continuó despotricando contra la cristiana acérrima con aires de reina que no la dejaba trabajar en su mortaja en paz.
Una anciana le propuso leerle las cartas y predijo una lluvia torrencial. El pronóstico se cumplió. Entonces, corrió a refugiarse en la librería de un viejo catalán. Allí, vio a un joven con un parecido familiar al hombre que llamaron coronel, comprando un libro polvoriento. Esperó el regreso del sol y volvió a las calles desechas, desiertas y pobladas de insectos y calor. El viento se intensificó y la arena que éste trasladaba con sus ráfagas le imposibilitó la vista. De pronto se quedó sola. Únicamente, a lo lejos, la imagen de un cetrino gitano con sus ojos oscuros y sabios se hizo presente en aquella tempestad.
—¿Y todos los… habitantes de Macondo? –preguntó.
—¿Macondo? Mejor deberías fijarte si existe.
Miró a su alrededor: pantano y arena. Nada más. Con desilusión esperó y se subió en el destartalado tren amarrillo que la devolvió a su casa, lejos de juegos y jugadores solitarios, lejos de etéreas y efímeras imágenes.
Entonces, ella cambió. Soñó con conocer Europa.

1 comentario:

  1. Resumiste Macondo en un drabble hermoso *-*. Dios, enserio estoy enamorada de Cien años de soledad, de García Márquez y de tu manera de escribir. Incluso puedo decir que la soledad a la que están condenados todos los personajes de la familia Buendía parece contagiar a la protagonista. :-)

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