jueves, 19 de julio de 2012

¿Sólo mis lentes de sol?


Título: ¿Sólo mis lentes de sol?
Resumen: —¿Sólo mis lentes de sol? No mientas, Bill.
                  —Yo no miento.
                  Bill lo hacía. Y Tom estaba dispuesto a probarlo.
Categoría: Slash
Advertencia: Incesto
Rating: 13+
Nota: Basado en la entrevista de Dean y Dan (Dsquared) a Bill y Tom.



Si habría una cosa que pudieran robar del guardarropa del otro, ¿qué sería?
Sería… tus lentes de sol.
¿Mis lentes de sol?

Apenas la cámara se alejó de ellos y los gemelos diseñadores se apartaron momentáneamente, Tom alzó una ceja, incrédulo, hacia su hermano.
—¿Sólo mis lentes de sol? No mientas, Bill.
Su hermano lo miró ofendido.
—Yo no miento.
—Mentiste hace dos minutos.
—Que no —contestó tozudamente.
Tom decidió dejarlo pasar, no era cuestión de hacer un escándalo en una fiesta privada y televisada por una nimiedad. No obstante, se prometió a sí mismo enlistar las veces en que Bill profanaba su ropa.


Tom tembló violentamente cuando finalmente cerró la puerta de la casa. Afuera hacia un frío de los mil demonios y comprobó fastidiado que adentro no estaba muy diferente. En algún momento a lo largo de la mañana se había descompuesto el calefactor y la temperatura fue descendiendo grado a grado hasta el punto de no poder quitarse la chaqueta.
—¡Bill! ¿Dónde estás? ¿Llamaste al técnico?
El silencio se hizo presente por varios segundos en los que llegó a pensar que su hermano no estaría en casa. Finalmente, un ruido lo delató en la cocina.
Bill estaba parado frente a las hornallas, revolviendo con un cucharón una cacerola humeante. Llevaba puesto el casi mismo conjunto con el que había salido en la mañana a la discográfica: unos jeans oscuros, una polera de cuello alto, botas y mitones de lana; y un abrigo tres tallas más grande que le finalizaba a mitad de la pierna. Su abrigo. Su hermano tenía las mangas un poco arremangadas, el cierre casi completamente cerrado y la capucha descansando sobre su cabeza.
Tom sonrió ladinamente. Así que su hermano había robado su chaqueta…
—¿Qué haces? —cuestionó, mientras palpaba sus bolsillos en busca de su celular.
Bill lo miró y lo saludó con un asentimiento, sin dejar de revolver la cacerola.
—Sopa —le contestó y luego vio extrañado cómo Tom anteponía su celular a su rostro con una sonrisilla y con una clara expresión de concentración. Al ver que la sonrisa se acentuaba, alzó una ceja—. ¿Tú qué haces?
—Inmortalizo este momento —contestó jocoso mientras le mostraba de lejos la foto.
—Ni que nunca cocinara —Bill siseó con el ceño fruncido. Luego miró de reojo el paquete abierto a su lado y agregó en un murmullo para sí mismo—, o agregara agua a una sopa en polvo.
Tom se echó a reír, sin explicar sus verdaderas razones. Ante esto, Bill chasqueó la lengua y le ordenó que busque la vajilla y ponga la mesa como se debe. Tom, de buen humor, agregó unas velas aromáticas que les habían regalado como decoración.


Tanto Bill como Tom tenían la particularidad de no ser un desastre por completo ni ser obsesivos con la limpieza. También, tenían la peculiaridad de adorar a sus mascotas e intentar mimarlas en todo momento.
Por ende, cuando el día acordado para limpiar el trastero —cuya necesidad de volver a ser un lugar higiénico y respirable se había vuelto notoria— coincidió con la demanda ineludible por parte de sus perros por salir a dar un paseo, Tom y Bill se vieron en una encrucijada. Como buenos hermanos y jóvenes adultos que son, lo resolvieron con un sencillo método.
—¡Sí! ¡Piedra le gana a tijeras! —exclamó Tom con regocijo mientras agarraba satisfecho las correas de sus perros, que bullían a su alrededor de la emoción.
Al notar la mirada de frustración que Bill le otorgaba, se le acercó y le plantó un beso en la mejilla con la promesa de que daría un paseo rápido y que volvería a ayudarlo a limpiar.
—No prometas lo que no vas a cumplir —gruñó Bill y le golpeó en su cabeza trenzada.
Tom quiso mostrarse ofendido pero el brillo de diversión en sus ojos lo traicionó. Así que salió de la casa con las correas de los perros repartidas entre sus dos manos y una sonrisa victoriosa. Había evitado ese trastero por nueve meses, y planeaba hacerlo por nueve más.
Al principio caminaba con parsimonia, admirando el paisaje citadino y disfrutando de pensar tranquilamente lo que primero se le viniera a la cabeza. Música, su hermano, autos, chicas, perros, su madre, las compras, su celular. Irremediablemente, se aburrió. Los perros habían dejado de intentar adelantarse para husmear y ahora caminaban a la par suya, deteniéndose ocasionalmente a marcar territorio en los árboles. Miró su reloj y se dio cuenta de que habían pasado treinta y dos minutos desde que salió de la casa y ya estaba emprendiendo el camino de regreso. Se sonrió rememorando el estado en que se hallaba el trastero; Bill no podría haber terminado ya. Es más, apostaba a que apenas había avanzado, considerando lo odioso que su hermano hallaba al acto de limpiar por obligación.
Decidió cumplir su promesa y ayudarlo, comprando antes varios paquetes de skittles para disfrutar mientras limpiaran o cuando terminaran. En paz consigo mismo por su alma caritativa y bondadosa para con su hermano, entró en la casa y soltó a los perros que se dispersaron por los rincones, ya sea a comer o descansar.
Desconfió ligeramente cuando fue a su habitación a cambiarse la ropa por una más hogareña y apta para ensuciarse, y se encontró con su armario apenas entreabierto. Por dentro, los pantalones estaban un poco revueltos y la pila de sus antiguas gorras, desestabilizada.
—Hey, Bill —lo llamó al entrar al trastero, colocándose un pañuelo como bandana para proteger a sus trenzas del polvo—. Compré unos skittles para…
Se calló al notar que su hermano estaba arrodillado en la mitad de la habitación, portando una de sus gorras con la visera hacia atrás y un pantalón que le quedaba sospechosamente grande.
—Bill, ¿acaso ese pantalón y esa gorra son míos? —preguntó sin necesidad de saber la respuesta.
El nombrado lo observó vacilante y finalmente asintió, remarcando lo obvio. Tom tensó la mandíbula y arrugó la frente; ante esto Bill se levantó inmediatamente, como impulsado por un resorte.
—Son cosas que ya no te pones, Tomi… —intentó defenderse—. Desde que tienes trenzas que no usas más gorras.
—Aún así, son mis gorras, Bill. ¡Adoro mis gorras! ¡Y estás usando una blanca para limpiar este sucio chiquero! —Tom contempló como su hermano arrastraba lentamente una mano hacia arriba, su orgullo y su sentido de la justicia batallando en si debía o no sacarse la gorra—. ¡Y mi pantalón! ¡Era un jean claro, celeste o como sea, y ahora es… color mugre!
—¡Son cosas viejas, maldición!
—¡Pero son mis putas cosas viejas! ¡No tenías por qué sacarlas, usarlas y ensuciarlas!
—Mierda, Tom. ¡Las lavas y listo!
—¡Ese no es el maldito punto, Bill!
—¡Y entonces, ¿cuál es?!
Los ojos de ambos chispeaban del enfado y sus manos se habían ido cerrando hasta convertirse en puños. El ambiente se había vuelto tenso y ni las motas de polvo podían desviar la atención de los movimientos del otro. Idénticas expresiones frías y duras como el acero estaban ensambladas en sus rostros.
—¡Que no valoras ni respetas mi puta mierda, mis endemoniadas cosas! —vociferó Tom y velozmente se marchó de la habitación, encerrando a Bill allí adentro de un portazo. Porque si no, lo juraba, habría asfixiado los testículos de su propio hermano con sus propios pantalones sucios.
Como venganza, se comió los skittles él solo hasta quedarse dormido.
Al otro día, cuando despertó, se encontró con el desayuno preparado y su pantalón y su gorra lavados, descansando a un lado de la taza de café.


Su madre, Simone, había llamado para hablar con ambos como acostumbraba a hacer, por lo que Bill había colocado el altavoz. Ella cuestionó por sus vidas y ambos le explicaron nuevamente que estaban en un pequeño período de descanso antes de lanzarse de lleno a una nueva gira de conciertos. Entonces, ella comentó, fingiendo casualidad, que Gordon iba a estar de viaje por unos días y que estaría sola.
Ambos gemelos sonrieron cálidamente, divertidos.
—Nos encantará ir a hacerte compañía unos días, mamá —anunció Bill, complaciente, y ambos oyeron alegres como Simone ahogaba un chillido de emoción y les recomendaba ser cuidadosos en la ruta y tratar de llegar antes de que anochezca. Tom se guardó su sarcasmo y se despidió de su madre al mismo tiempo que Bill, para poder ir a hacer los bolsos.
Tras unas horas en las que medió el empaque, una breve argumentación sobre si debían llevar a los perros o dejarlos con suficiente comida y agua por dos días, una rápida y candorosa ducha compartida y un «no encuentro mi pijama, ¡¿dónde está mi maldito pijama?!» por parte de Bill; partieron hacia Loitsche en el auto de Tom.
Simone los recibió con un cálido abrazo a cada uno y les preparó una deliciosa comida casera, adaptada a la nueva dieta vegetariana de sus hijos. Charlando y riendo alegremente de variadas anécdotas, Bill y Tom se sintieron satisfechos por ver a su madre feliz.
—¿Y qué han estado haciendo estos días? —preguntó curiosa.
—Oh, no mucho —contestó Bill tentativamente, mientras se ingeniaba una respuesta que sea cierta pero que no los delate—, ya sabes, má, descansar. Sí, descansamos mucho —a su lado, su hermano le daba la razón con leves asentimientos. Bill miró con odio las coles de Bruselas en su plato que su madre aún se empeñaba en cocinarles por unos segundos hasta que su rostro se iluminó—. ¡Y limpiamos el trastero!
Tom eligió no objetar nada ni corregirlo cuando vio que Simone sonreía con orgullo.
—¡Que bueno, chicos! Me refiero a que lo hayan hecho ambos, sin haber contratado a nadie más…
Aturdido, Bill dejó caer el tenedor.
—¿Por qué no se nos ocurrió eso? ¡Santo lío nos habríamos ahorrado!
Su madre sonrió divertida al ver nuevamente el dramatismo con el que su hijo menor actuaba. Sonrisa que acrecentó cuando Tom le respondió levantando los hombros, fingiendo indiferencia.
—Bueno, ya que son más adultos y responsables, sabrán entender que no tuve tiempo para limpiar… —Bill la miró extrañado; la casa estaba impecable, tal cómo ellos siempre la recordaban. Siendo la confusión notoria en los rostros de ambos, Simone se explicó con notas de vergüenza y pena en su voz—. Es que hay nuevos cuadros e instrumentos, y como con Gordon no teníamos dónde ponerlos… usamos la habitación de Tom provisoriamente —el nombrado se quedó estático de la sorpresa por un segundo, mientras su hermano emitía un sonido de mofa—. No es por nada, cariño, pero es la que está más cerca de la escalera y… juro que para mañana quito todo…
—Está bien, má —Tom aceptó comprensivo. Luego miró a su hermano y le guiñó un ojo, burlón—. Duermo con Bill por hoy, y si me patea lo mando al sillón.
Bill lo miró teatralmente ofendido, negando patear dormido y alegando que era su habitación, así que él mandaba en la cama. Ignorante del doble sentido que encerraban las palabras de su hijo menor y del sonrojo en los rostros de ambos, Simone intervino.
—Pero, Tom, hijo, ¿no sería incómodo dormir los dos juntos? Si quieres puedes dormir conmigo, en el lugar de Gordon.
Tom tembló ligeramente al imaginarse a sí mismo reemplazando a su padrastro. Para él, sería mucho más incómodo dormir con su madre que con Bill. Después de todo, con éste había compartido cama ciento de veces.
—Nah, sobreviviré.
Como réplica Bill le sacó la lengua y se retiró alegando cansancio, dejando a su madre y a su hermano lavando la vajilla. Tom disfrutó del tiempo a solas con Simone, charlando animadamente con ella y enterándose de los chismes del pueblo, por más que no le interesara en lo absoluto. También agotó su cuota de quejas sobre su hermano, en su mayoría estupideces y nimiedades a las que su madre estaba habituada a oír. Se despidió de ella con un «Buenas noches» y tomó su bolso —que había abandonado en la sala al llegar— para luego dirigirse escaleras arriba hacia la antigua habitación de Bill, donde casi todo permanecía igual que años atrás. Los mismos muebles, el mismo tapizado e incluso aún se percibía, aunque en menor medida, el mismo olorcillo a laca para el pelo.
Pero no era el mismo Bill el que estaba durmiendo.
No, éste era un Bill más largo y exiguamente más ancho, con rasgos más marcados y el cabello un poco más crecido que cuando tenía quince años, descansando profundamente; su cuerpo estirado diagonalmente, ocupando la mayoría de la cama. Encontró la imagen de su hermano, con mechones de cabellos salpicados sobre su rostro y con un pijama extraño, demasiado pacífica y al mismo tiempo excitante como para dejarlo pasar. Sacó su teléfono celular y tomó varias fotografías desde diversos ángulos, recayendo entonces en lo que su madre había querido decir. Con “incómodo” no se refería absolutamente al hecho de dos hermanos adultos compartiendo cama, sino a que ambos no cabrían en el mobiliario.
Pensó que bien podría empujar a Bill, acomodarse lo más próximo a él posible y dormir abrazándolo, como tantas otras noches. Pero también consideró que estaban en la casa de su madre y que ésta podría ingresar en cualquier momento… y no quería saber qué pasaría. Además, Bill se veía demasiado tierno como para despertarlo.
Tom bajó nuevamente a la sala, llevándose consigo varias frazadas, y antes de rendirse al sueño admiró las artísticas fotos de su hermano en los brazos de Morfeo. Y se dio cuenta de que el extraño pijama no era más que una camiseta roja de su propiedad, que en Bill parecía un camisón.
Cayó dormido con una sonrisa victoriosa dibujada en su rostro.


Está bien, Tom admitía que ir a por un café vienés para saciar su antojo había sido su culpa; que los hayan reconocido cuando la tormenta explotó en todo su esplendor, no. Además, en su defensa, Bill no había sido obligado a acompañarlo.
La situación se dio cuando salían de la cafetería, gotitas de agua apenas chispeando del cielo, y en el camino hacia el auto un grupo de chicas los reconocieron e inmediatamente los rodearon. Lluvia tan fuerte como un monzón se desató cuando estaban firmando autógrafos. Tardaron un poco, pero finalmente lograron llegar al auto, inevitablemente empapados.
Bill hizo un puchero, molesto, y permitió que su hermano manejara mientras se quejaba de que no sólo su ropa sino que ahora también su auto estaba mojado. Tom oyó el monólogo, concentrándose en conducir bajo el temporal.
—Tom. Tom.
El nombrado emitió un sonido en señal de que lo estaba escuchando, sin apartar su vista del frente.
—¡Tom! —gritó Bill, dándole al mismo tiempo un golpe en el hombro.
—¿Qué?
Tom lo miró velozmente y notó que sostenía su celular con una sonrisa traviesa.
—¿Es cierto que guardas tus viejas rastas en el congelador? ¿Y que te pajeas con tus guitarras? ¿Y que vendiste un condón usado en Internet? —cuestionó Bill, imitando exageradamente a una fanática, conteniendo a duras penas la risa.
Él, en cambio, carcajeó divertido mientras aparcaba. Volvieron a correr bajo la tormenta, esta vez hacia la casa, y mientras él abría la puerta, Bill no dejaba de filmar.
—¡Ahora estamos entrando en la residencia de los gemelos de Tokio Hotel! —continuaba imitando con chillidos intercalados entre sus palabras—. ¡Y Tom Kaulitz hará un strip-tease! —exclamó agudamente en cuanto su hermano se quitó el empapado abrigo.
El nombrado alzó una ceja, entre incrédulo y divertido.
—Oh, vamos, Tomi. ¡Dale!
Éste accedió al ver la lascivia con la que Bill se mordía el labio inferior y que se desbordaba de su mirada. Se quitó prenda a prenda con lentitud, observando de reojo a su gemelo. Sólo le quedaba su bóxer cuando un suspiro se oyó.
—Tom… —murmuró suavemente—. Que suerte que no eres un mal guitarrista.
Él frunció el ceño, ofendido.
—¿Ah, sí? ¿Acaso tú puedes hacerlo mejor?
—Por supuesto —aceptó desafiante. Le entregó el celular a su hermano, quien se acomodó en el sillón y mantuvo en alto el teléfono, sin detener la grabación.
Bill se quitó la ropa con parsimonia, haciendo hincapié en sus movimientos sensuales; el raspar de la tela con la piel, el cuello largo y el torso mojado. Se desabrochó el pantalón y se lo bajó, luego jugó con la cinturilla del bóxer, acariciando esa estrella tatuada en ese lugar tan estratégico…
Esperen.
Aquél pedazo de tela era blanco y tenía una marca roja.
—Bill, ¿ese es mi bóxer?
Su gemelo se sonrojó.
—Ehm, sí —contestó avergonzado.
Las cejas de Tom no llegaron a juntarse que Bill agregó:
—Y lo que está adentro también es tuyo.
A la mierda la filmación.
Atrajo a Bill hacia sí, tumbándolo con él en el sillón y atacando ferozmente sus labios.
Sonrió, saboreando una doble victoria.


Tal vez podía parecer terco… pero Bill también lo era. Su hermano había insistido en que no usaría su ropa, una vil mentira, por lo que él se había visto obligado a refutarlo.
Esa es la razón por la que se encontró hoy sentado en el sillón, con la laptop abierta frente a él y con el vídeo cargado. Y las municiones listas para la batalla.
—¡Bill!
Minuto después, el nombrado arribó en la sala. Claramente, había estado escribiendo alguna canción, ya que su cabello estaba revuelto de tanto rascárselo y sus dedos estaban manchados de tinta. Y porque gruñó algo que sonó como un «¿Qué quieres?». Pensó que quizás debería reconsiderar el momento de dar luz a la verdad, pero finalmente no se amedrentó y buscó tranquilizar a la bestia con un dulce beso. En el momento en que Bill jadeó, Tom supo que lo había logrado y se dio luz verde para continuar.
—¿Recuerdas que, en Milán, Dean y Dan nos hicieron una entrevista? —Bill arrugó por un segundo la frente, rememorando, y finalmente asintió—. Pues la subieron.
El rostro de su gemelo se iluminó y demandó que la reproduzca mientras se sentaba a su lado en el sillón. Tom le hizo caso y se dedicó a contemplar las expresiones de su hermano mientras.
¿Qué te lleva más tiempo: elegir tu outfit o el cabello?
Argh…
—Oh, por Dios. ¿En serio hice ese ruido?
—Síp, incluso alguien comentó que es un gruñido de pirata sexy —le contestó, guiñándole un ojo—. Pero eso no es lo que quiero que veas.
Bill lo miró extrañado por unos segundos y devolvió su atención al vídeo.
Si habría una cosa que pudieran robar del guardarropa del otro, ¿qué sería?
Sería… tus lentes de sol.
¿Mis lentes de sol?
Y stop.
Su hermano se volvió a contemplarlo, ignorante de qué quería Tom exactamente. Éste boqueó un “Mentiroso” que indignó a Bill.
—Sí robas mi ropa.
—No, no lo hago.
Nuevamente, la testarudez por parte de ambos.
Tom decidió mostrarle la evidencia para evitarse una discusión que ya sabía ganada de antemano. Buscó en su celular la foto que había sacado en una oportunidad, de su hermano frente a la hornalla, y se la mostró.
—Mi chaqueta.  
Bill observó la fotografía con el ceño fruncido, intentando recordar exactamente qué día fue.
—No andaba el calefactor y hacia mucho frío ese día… y tu chaqueta abrigaba más que una manta —se defendió.
Tom asintió, otorgándole la razón en eso, y pasó a la siguiente foto. Bill se vio a sí mismo dormitando con los labios entreabiertos en una cama demasiado chica como para ser la suya actual. Entonces reconoció el tapizado de su habitación en la casa de su madre.
—Mi camiseta.
Se revolvió el cabello tintado de negro mientras se mordía el labio inferior y farfullaba que ese día no había encontrado su pijama y que el olor de su camiseta era demasiado delicioso. Su hermano sonrió ladinamente, complacido al haberlo escuchado.
—Mi pantalón y mi gorra, el día que limpiaste el trastero. Aunque de eso no tengo pruebas gráficas… —continuó exponiendo.
—¡Oh, vamos, Tom! ¡Ya te pedí perdón por eso!
Él alzó una ceja divertido, sin recordar ninguna disculpa verbalizada. Pero viniendo de Bill, el que le haya lavado la ropa era mucho.
—Mi bóxer —siguió Tom enlistando y le mostró un pedazo del vídeo que había grabado su propio hermano dos días atrás, y que luego él lo había copiado a su propio celular—. Eso es ser pervertido, Bibi —añadió socarronamente, jugando con el piercing en el extremo de su labio.
La sonrisa que había portado todo el rato se acentuó al ver el sonrojo que se expandía por las mejillas de su hermano. No podía evitarlo, la victoria sabía tan bien. Además era visible que Bill se debatía internamente sobre qué hacer o decir.
Tom se estiró en el sillón y pasó un brazo por detrás de los hombros de su hermano, una carcajada suave escapando de sus labios.
—Te parece muy divertido, ¿no? —preguntó Bill, molesto. Él sólo asintió, conocedor de que su gemelo debía estar queriendo golpearle en la cara—. Está bien. Lo acepto —admitió después de unos segundos, a regañadientes—, a veces uso tu ropa; pero no es como si tú no usaras mis cosas.
—Bill, yo no uso nada tuyo.
Depositó suaves besos en la frente arrugada de su hermano, que buscaba desesperadamente cómo contradecirlo. Él sabía que sería el triunfador: las cosas de Bill no eran lo suficientemente holgadas para su gusto. Su hermano refunfuñó, se revolvió en su abrazo y le devolvió los besos en la mandíbula.
—¿Nada de nada, Tomi? —cuestionó con voz infantil mientras sus besos daban paso a lametones a lo largo del cuello. Tom asintió y cerró los ojos, extasiado por las sensaciones y el calor que le producía la lengua de su gemelo en ese punto—. Entonces Tomi, ¿esa no es mi laptop?
Tom abrió los ojos de repente, sorprendido.
Touché.

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