jueves, 1 de noviembre de 2012

SuperGus

Título: SuperGus
Resumen: Las primeras impresiones siempre, de alguna u otra forma, repercuten. O, si no, que lo afirme Tom.
Categoría: Slash (minor)
Rating: 9+
Nota: Participó en el séptimo concurso del Blog de Autores de Fanfics y, adivinen~, ¡¡ganó!!
Canción: 'Kryptonite' - 3 Doors Down 


Cuando se reunieron por primera vez en el parque de Magdeburg tras el primer show donde se conocieron, lo primero que Tom vio fue un chico rubio y menudo, usando una gorra —que luego portaría por años— y unos anteojos de marco negro mientras leía un cómic de Superman bajo el sol.
—Que no sea uno de esos friki-nerds, por favor —había resoplado en un comentario hacia su hermano, quien no había podido evitar una risita.
No obstante, en cuanto aquel chico rubio y menudo se había sentado frente a la batería y había empezado a tocar, Tom supo, a pesar de su edad e impertinencia, que debería haberse tragado sus palabras.
Con la marcada impronta de aquella dicotomía que componía a Gustav, Tom se sentía intranquilo e inexplicablemente interesado. A medida que transcurrían los días y el tiempo compartido se incrementaba, le fue inevitable empezar a buscar parecidos y diferencias con su persona.
De los primeros hechos que notó, fue que Gustav se levantaba temprano —a una hora totalmente insana para él, en la que ni creería estar conciente— y desayunaba tranquilo mientras leía en lo posible el diario. Sin embargo, cuando luego empezaban a ensayar, tocaba con mayor energía que toda la que demostraba Bill en sus primeras dos horas del día.
También reparó en que se hacía de al menos unos minutos al día para salir a caminar un rato. Al principio creyó que lo hacía porque estaba enojado, pero pronto supo que si Gustav se irritaba, los enviaba a la «mierda» sin tapujos —y Tom pensó que si no lo hacía literalmente, era porque tenía la suficiente educación para no hacerlo. Si estaba molesto por alguna razón, Gustav volvía agitado, con el rostro rojo en contraste con su cabello y con la música azotando sus tímpanos; si no, llegaba con una expresión tranquila y apenas transpirado. Cada vez que regresaba, Tom lo contemplaba fijamente: él jamás podría irse a «dar una vuelta» solo para despejar su mente.
Otra cosa que supo desde el principio fue el gusto musical de su amigo. Solos de batería poderosos —como los que más de una vez también hacía Gustav y a él lo dejaban estupefacto— y riffs cautivantes que tomaban posesión de su amigo y a él lo dejaban con un ligero sabor amargo: con suerte él escuchaba un rato Metallica y Foo Fighters.
No supo exactamente cuándo, pero pronto empezó a buscar desesperadamentealgo en lo que él y Gustav fueran similares. Había pensado en cómo estaban conformadas sus familias, aunque enseguida desistió: Gustav tenía una hermana—y por más que Bill tuviera una apariencia andrógina, todo rastro de posible femineidad se disipaba con cada grosería que escapaba de su boca—, mayor y con la que tenía una buena relación pero no tan cercana como la que él tenía con su gemelo.
Estaban juntos en una banda, aunque también estaba Bill y Georg. Y sí, pasaban mucho tiempo juntos, discutían y luego se reían, pero cuando llegaba la época de vacaciones, el baterista se las tomaba a pecho y Tom volvía a saber de él con suerte casi una semana después.
Entonces, cuando buscaban una película para ver, recordó aquella fuerte primera impresión de Gustav leyendo Superman. Buscó la película con premura, a sabiendas de que en aquello quizás sí podrían coincidir, y lo llamó para que se aproximara. Por un segundo en su mente se plantó la idea de que Gustav coincidía más con Superman que con él mismo. Sin embargo, apenas su amigo se le acercó y vio la película, se alejó porque lo llamó también Bill mientras cantaba «Hakuna Matata» con una sonrisilla y le mostraba la tapa de El Rey León. Finalmente, terminaron viendo la elección de Georg: una película que poseía supuestamente acción y comedia que a Tom ni divirtió ni aburrió.
En cambio, retomó la idea —absurda, claro— de que Gustav parecía Superman.
Siempre le había parecido tonto que nadie reconociera al superhéroe como Clark Kent sólo por unos anteojos y, sin embargo, creía entenderlo cada vez que miraba a su amigo. Cuando lo había conocido y cuando lo veía descansando, parecía un ser humano cualquiera; mas, cuando se quitaba los lentes y se sentaba tras la batería, su fuerza tomaba dimensiones inimaginables y su talento y su esfuerzo hablaban por él hasta masacrar cualquier vacilación que tuviera de él.
Físicamente eran similares. Bueno, Gustav era más bajo y rubio, pero tenía la musculatura de sus brazos y la espalda igualmente desarrollada. Aunque a veces parecía débil —más cuando era púber—, usualmente se veía tan fuerte como lo era su carácter.
Su personalidad también era parecida. Aunque había veces que podía estar loco como una cabra, normalmente estaba sereno y optaba por ser de perfil bajo. Y, aunque no tenía un sentido de la justicia y la moral tan desmesurado, Tom confiaba en que amigos como Gustav había pocos. Estaba allí cuando se lo necesitaba, conocía unos cuantos secretos, sabía cuando callar y sabía cómo rescatarlo de sus líos —o al menos intentaba ayudarlo.
Aunque no tenía superpoderes. Como cualquier simple humano no volaba, corría a una velocidad normal —aunque más rápido que él, Tom podría admitir— y los callos en sus manos demostraban que su piel no era a prueba de balas.
La película terminó, todos se retiraron a dormir y al otro día cuando Tom despertó la idea de que Gustav era similar al superhéroe seguía latente. Tanto que absolutamente sorprendido descubrió que se había levantado temprano, casi al mismo horario en el que acostumbraba a despertarse su amigo. Quiso volverse a dormir, mas no pudo.
Pensó en ir al estudio a ensayar un rato, pero en el camino se encontró con Gustav, quien se ataba correctamente las zapatillas deportivas.
—¿Saldrás a dar una vuelta?
Gustav asintió.
Tom lo consideró por un rato, aquello no era algo habitual en él pero tampoco podría matarlo.
—¿Puedo ir contigo? —Percibió la mirada extrañada de su amigo y eso lo molestó un poco—. De paso, paseo a Scotty.
—Sí, claro.
Buscó la correa y llamó a su perro con un tono infantil que hizo a Gustav reír.
Salieron del departamento-estudio con tranquilidad, confiando en el resguardo de sus gorras y sus lentes de sol. Además, Tom pensaba que era demasiado temprano como para que algún ser viviente los reconociera. Caminaron con tranquilidad y en silencio; cada tanto, él miraba de reojo a su amigo y se sonreía ante la idea de Gustav en un traje de superhéroe.
—Uhm, ¿Tom? ¿Qué pasa?
—¿Eh? ¿Con qué?
—Quiero decir: no eres exactamente un loro parlanchín como Bill, pero tampoco eres tan callado…
—Es que estuve pensando… —Gustav resopló como si aquello fuera algo nuevo. Tom frunció el ceño. Resoplar era algo suyo, principalmente para con Georg, pero lo dejó pasar—. Gus, a ti te gusta Superman, ¿cierto?
Gustav arrugó la nariz levemente. —Para nada.
Tom se sorprendió.
—¿En serio? Yo pensé que sí…
—Nah. ¿Un tipo con calzoncillos afuera y capa que a cada nuevo problema le inventan un nuevo poder y solo es vulnerable a un pedacito de roca? Paso.
—¿Pero tú no leíste…?
—Una vez. A un amigo le encantaba Superman y quiso que las lea todas, pero no me emocionó mucho. Para cuando esté muy aburrido, quizás serviría.
Evitó demostrar su decepción. Había creído fielmente por años que a Gustav le gustaba Superman y hasta había creído que podrían compartir aquello como algo común más allá de la banda. Pero esas ideas allí habían muerto, como Superman atravesado por una bala de kriptonita.
Quizás podrían compartir una no-fascinación por los cómics…
«Solo es vulnerable a un pedacito de roca» había dicho su amigo. Si continuaba su comparación Gustav-Superman, podría decir que el baterista era humano y eso lo condicionaba a ser físicamente vulnerable a cientos de cosas, pero en el área psicológica Tom ya no estaba tan seguro.
Si pensaba en sí mismo, tiempo atrás Tom habría dicho que su kriptonita era Bill. Mas, ahora que lo analizaba mejor, su hermano era su complemento y su mera presencia no lo hacía débil, sino que lo animaba. Si estuviera en plan bromista consigo mismo, se diría que él no era un superhéroe sino un Dios, pero la verdad era que toda su vida se había tenido la suficiente estima —o se la había construido— para jamás sentirse inferior ante nadie. Solo había sucedido en contadas ocasiones y ante esplendorosos despliegos de talento.
Y justamente uno de ellos lo tenía justo a su lado.
Se sonrió a sí mismo, contento de tenerlo en su banda y como amigo.
—Oye, Gus. ¿Tienes a alguien que sea tu kriptonita? —preguntó repentinamente, queriendo descartar aquella duda.
Gustav lo miró fijamente por lo que le pareció horas, Scotty tiró de la correa queriendo aproximarse a un árbol y él se sintió ligeramente intimidado.
—Vamos. Volvamos al estudio, mejor —rió Gustav y dio media vuelta.
Tom frunció apenas el ceño. Sí, tal vez lo mejor sería regresar y dejar de comparar a su amigo con un superhéroe. Estaban en el mundo real: Gustav carecía de superpoderes, ideales heroicos, villanos y, por lo que sabía, interés amoroso.
Aunque, si lo forzaba un poquito más, Gustav podía manejar el tiempo, las ondas sonoras y el ritmo —hasta el cardíaco— con sus baquetas y poseía en una sonrisa más personalidad que Superman en su toda primera película. Quizás villanos no tenía exactamente, pero sí casi media Alemania lo desestimaba a él y a toda la banda y Tom estaba seguro que Bild estaría más que alegre de publicar algo negativo sobre ellos. E interés amoroso… bueno, él no sabía si ahora mismo su amigo estaba enamorado o si alguien estuviera pensando a todas horas en Gustav —tanto en su físico como en su forma de ser—, maravillada por su persona…
Agrandó los ojos y casi soltó la correa de su perro.
—No, ¡mierda!
—¿Qué? —cuestionó Gustav extrañado.
—Espero no querer ser Lois Lane —contestó aturdido en un balbuceo. Apenas notó que la expresión de confusión de su amigo se acentuó y que gradualmente se desvaneció.
—Venga, vamos —dijo Gustav y le palmeó la espalda—. Caminar y pensar no es lo tuyo.
En cualquier otro momento, Tom habría afilado su lengua y le habría devuelto el comentario más mordaz que se le pudiera haber ocurrido. En cualquier otro momento en el que no se le estuviera instalando la duda de si se estaba interesando demasiado en su amigo.



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